No necesitaba tocarle para senntirle. Acostada en su cama con esa mezcla de calma y fuego su cuerpo comenzaba a gozar. En su mente, las ideas se volvían atrevidas, pero no prohibidas: imaginaba posibilidades, gestos que no ocurrían pero que la hacían sonreír, palabras que nunca se dicen en voz alta, y esa certeza de que el deseo más poderoso es el que vive en la imaginación.
No buscaba romper límites, sólo rozarlos con la punta del pensamiento, como quien acaricia una puerta sin abrirla, sabiendo que a veces lo más intenso es lo que aún no sucede.
Campirela_
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