“Feliz verano… me voy un instante, pero dejo mi sombra en la cortina y mi susurro en el aire.”
Dicen que el verano guarda lo que uno intenta olvidar, y quizá por eso, al caer la tarde, ella sintió de nuevo aquel temblor.
No era nostalgia, era la huella de una presencia que aún respiraba en su piel, como si el recuerdo tuviera manos.
Se asomó a la ventana y dejó que el aire cálido le rozara el cuello. Cerró los ojos. Bastó ese gesto para que regresara la sombra de quien un día la miró como si pudiera leerla entera.
No necesitó tocarla para encenderla, le bastó pronunciar el nombre que le puso, con una calma que desarmaba. Desde entonces, cada palabra que ella escribe lleva un poco de esa voz, un eco que no se apaga.
Pensó en él —en lo que dejó, en lo que despertó, en lo que aún vibra cuando nadie la ve— y sonrió con esa mezcla de vértigo y ternura que solo provocan las marcas verdaderas. No quería borrarlo. Tampoco retenerlo. Solo agradecerle la chispa que despertó en ella.
El verano le rozó la clavícula como un susurro cómplice, y ella entendió que era momento de descansar.
Pero antes de cerrar la ventana, dejó una última intención flotando en el aire, una despedida suave, abierta, casi un desafío.
Porque hay presencias que no se marchan; simplemente esperan el próximo latido.
—Vuelvo en septiembre —pensó—. Y la noche, cómplice, pareció guardar el secreto.
Campirela_
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