La cascada caía con un ímpetu que parecía llamarla.
Ella, quieta frente al agua, recogía su cabello, como si quisiera retener la emoción que le subía por dentro.
El aire la rozaba con una brisa distinta, despertando algo suave, cálido, difícil de esconder.
Había en su postura una seducción tranquila, esa que nace del pensamiento y aun así atrae.
Y mientras el agua seguía cayendo, ella descubría que el deseo también podía ser silencio...
Campirela _
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