lunes, 5 de enero de 2026

Baile de Máscaras en el Salon 2025-2026

            Un año más, nuestro anfitrion nos ha dejado una invitación a su Baile de Máscaras de fin de año.

El Castillo no puede estar más concurrido de bellas damas, y esa aura que rodea todo el misterio que allí dentro se condensa, Música, Manjares , Delicadeces , Conversaciones, y quién sabe si en alguna sala haya magia , donde la sensualidad, erotismo, y seducción llegan a los límites permitidos por ellos mismos.
Se abre la puerta Aquí, podéis sentir , la creatividad y sensibilidad de sus invitadas. Entrad, cerrar los ojos y disfrutar...

                       


                                  Mi Baile en el Salón


Aquella invitación del Señor del castillo llegó en el momento exacto, como si hubiera estado esperándola sin saberlo. Solo le había visto una vez, en el mercado medieval. Le observé desde lejos, y aun así su presencia me atravesó, misteriosa, elegante, casi peligrosa. Desde entonces, las historias sobre él me perseguían.
Cuando pensé en ese deseo, él se giró. Sus ojos encontraron los míos con una precisión inquietante. Sentí un estremecimiento que me recorrió entera, como si me hubiera tocado sin acercarse.
Y entonces llegó la invitación, en un sobre lacrado con mi nombre grabado a fuego.
¿Cómo supo él quién era yo?
Quizá siempre lo supo.
Entré en el castillo sin prisa, como si mis pasos conocieran un ritmo antiguo. No buscaba llamar la atención, pero mi presencia parecía abrir un pequeño silencio a mi alrededor, un espacio donde las miradas se detenían sin quererlo.
Él me observaba desde la distancia. Lo sentí antes de verlo.
Una atracción silenciosa, un tirón suave, pero firme, como si algo en mí lo hubiera descolocado.
Respiro.
Camino.
Me deslizo por el salón con una naturalidad que no finjo.
Y sé que él me sigue con la mirada.
El salón es un universo de luces, máscaras y música sensual. Todo brilla, todo respira, todo invita. Pero aun así, siento que él solo ve una cosa, a mí.
Cuando se acerca, lo hace sin darse cuenta de que ha abandonado una conversación a medias.
Yo no digo nada.
Solo lo miro.
Una mirada tranquila, segura, que no necesita adornos.
—¿Me concede este baile? —pregunta, y su voz suena distinta.
Acepto con un gesto mínimo, casi imperceptible, pero cargado de intención.
En el centro del salón, cuando sus manos rozan la desnudez de mi espalda, algo se enciende.
No es la música.
No es el ambiente.
Es la forma en que me mira, como si estuviera descubriendo un secreto que no sabía qué quería conocer.
Él, acostumbrado a dominar cada situación, siente que soy yo quien marca el ritmo.
Y lo nota.
Y le sorprende.
Y le atrae.
No hablamos.
No hace falta.
El lenguaje está en la respiración, en la distancia exacta entre nuestros cuerpos, en la tensión suave que se forma cada vez que mis dedos rozan los suyos.
El tiempo se detiene para nosotros.
El baile se vuelve un diálogo silencioso, una invitación que ninguno de los dos pronuncia, pero ambos lo entendemos.
Cuando la música termina, él se inclina para agradecerme.
Yo sonrío detrás de la máscara.
Una sonrisa leve, casi invisible… pero suficiente para que él respire más hondo, como si algo dentro de él se hubiera desordenado.
—Ha sido un honor —dice, intentando recuperar su compostura.
No respondo.
Mi silencio es parte del juego.
Doy un paso atrás.
Luego otro.
Y otro más.
No huyo.
No me escondo.
Simplemente, dejo que el salón me envuelva, como si las sombras y las luces me reconocieran como parte de ellas.
Cuando él intenta seguirme, ya no estoy.
No queda perfume.
No queda rastro.
Solo el eco de mi presencia, como una nota suspendida en el aire.
Sobre una mesa —donde él jura que yo no pasé— descansa una pequeña tarjeta.
Un símbolo antiguo, casi arcano, dibujado con precisión.
Y debajo, escrito con una caligrafía impecable.
“Gracias por dejarte sorprender.”
Siente un vuelco en el pecho.
No entiende por qué lo elegí.
Sé que quiere más.
Y también sé que esto no ha terminado.
Regreso a mi realidad con una sonrisa que solo yo conozco.
Aquel hombre queda atrás…
Una noche en aquel castillo nunca se olvida.

Campirela_