viernes, 16 de enero de 2026

El Saxo

 


La noche parece detenerse cuando ella levanta el saxo.

Envuelta en negro, la camisa entreabierta deja escapar un destello de piel que no busca llamar la atención, pero la reclama igual. El sombrero inclina su sombra sobre una mirada que no se ve, pero se siente.

La margarita en su pelo rompe la oscuridad como un secreto blanco, y la curva de su pierna, apenas revelada entre las botas altas, dibuja un deseo que no se nombra.

Cuando alza el saxo, el aire cambia.

No toca, seduce.

Cada nota es un trazo lento, un humo tibio que se enreda en las gargantas, un gemido que se desliza por la piel como un secreto que nadie debería oír, pero todos desean escuchar.

Su música no busca aplausos, busca miradas.

Y las consigue.

Porque hay algo en su forma de respirar entre frase y frase, en ese vaivén suave del cuerpo, que convierte el jazz en un roce invisible, en un deseo que se queda suspendido, vibrando, justo antes de hacerse evidente.

Ella no provoca.

Ella improvisa.

Y en cada improvisación deja un rastro que arde sin quemar, un deseo oculto que solo el jazz sabe despertar.

Campirela_


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