Había en su postura una quietud que encendía.
Sus manos, reposando con suavidad sobre su pecho, parecían guardar un secreto cálido,
y sus piernas, cruzadas con esa naturalidad que no pretende nada,
dibujaban un gesto capaz de detener el tiempo.
No buscaba llamar la atención;
simplemente existía en ese instante perfecto
donde la ternura se mezcla con un deseo que respira lento,
como una brisa que apenas roza la piel.
Su mirada —calma, profunda, casi distraída—
tenía la delicadeza de quien invita sin palabras,
de quien sabe que la verdadera seducción
no está en mostrar, sino en sugerir.
Y así, en ese silencio lleno de significado,
ella dominaba el arte más antiguo y más sutil
el arte de esperarte,
de hacer que cada pensamiento que nace en quien la observa
sea una historia posible,
una caricia imaginada,
un suspiro que aún no se atreve a nacer.
Campirela_
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Se ha guardado su comentario podrá visualizarse una vez que el propietario del blog lo haya aprobado